“Trabajábamos desde las seis de la mañana hasta las cuatro de la tarde, no podíamos hablar entre nosotras, no podíamos generar lazos, teníamos que estar todo el día produciendo como si fuera una maquila”. Laura Martínez, una joven perteneciente a la Batucada Estadillo Feminista de Medellín, tuvo que trabajar durante la pandemia en la producción de tapabocas. La venta en las calles, su espacio de trabajo tradicional, dejo de ser una opción cuando se establecieron en su ciudad las medidas de aislamiento. A pesar de que este trabajo no tenía que ver con sus intereses políticos o laborales, Laura tuvo que aceptarlo pues como ella dice “yo tenía que seguir pagando arriendo, tenía que seguir comiendo”.

Para Laura, como para miles de mujeres en Colombia, especialmente las mujeres jóvenes, la pandemia significó que se agudizara el desempleo, la precarización laboral, la sobrecarga de la doble jornada, entre otras problemáticas. Según cifras del DANE, la tasa de desempleo de las mujeres subió 12, 6 puntos porcentuales, pasando de 13,6% en julio del 2019 a 26,2% en el mismo mes del 2020, lo que se traduce en que por cada hombre que perdió su empleo durante este periodo, dos mujeres lo hicieron.

Sumado a la falta de oportunidades laborales y los sueldos bajos, las mujeres trabajadoras tuvieron que enfrentarse a nuevos retos durante la pandemia. De acuerdo con datos de la OIT, esta población fue la más afectada por el cierre de industrias como hotelería, alimentación, comercio, artes y espectáculos, entre otros. Además, las mujeres representan el 70% de las personas empleadas en el sector sanitario y social del mundo, sector que tuvo que hacerle frente en primera línea al COVID-19, lo que generó jornadas extenuantes, estrés emocional y alta posibilidad de contagio en las mujeres.

Para Eliany, lideresa de la organización Contingencia Feminista de Buenaventura, la pandemia significó transformar sus dinámicas laborales de trabajar directamente con las comunidades a trabajar en su casa: “Si antes trabajabas de 8 a.m. a 5 p.m., con descansos y pausas, ahora trabajaba desde la mañana hasta la noche, en jornada continua, en muchas ocasiones sin espacios para almorzar”. Según Eliany, la pandemia afianzó las problemáticas de desempleo en su territorio y sobrecargo a las mujeres laboral, económica y emocionalmente causando incluso crisis de ansiedad en muchas de ellas. Esto en un escenario donde la prestación de servicios de atención y protección a mujeres estaba clausurado por las restricciones del confinamiento.

En cuanto a las labores de cuidado y de trabajo doméstico no remunerado, la pandemia aumento las horas que ya de por sí las mujeres asumían en su mayoría dentro del hogar. Antes de la pandemia, se calcula que las mujeres dedicaban el doble de horas en estas tareas en comparación a los hombres. Con el aumento del tiempo que las mujeres pasaban en sus casas, se multiplicó las tareas de aseo, preparación de comidas y atención a sus parejas, hijos e hijas en casa. “Con todo lo de la pandemia tuvimos que dedicarnos mucho más a los hijos, a la escuela, muchas mujeres campesinas hemos tenido que resolver las tareas y talleres que les dejan a nuestros hijos en los colegios, porque ellos no entienden y nos toca estar ahí”, cuenta Sandra, lideresa de la organización Mujeres Campesinas, Vida y Territorio en Sucre, Cauca, quien asegura que este cierre sobrecargó a las mujeres con las labores educativas que antes hacían los colegios y que ahora recaía en mayor medida en las madres.

Además de estas problemáticas, las mujeres, en especial las mujeres jóvenes, se enfrentan a un mercado laboral con o sin pandemia que solo les ofrece cierto tipo de labores y que se aprovecha de su necesidad de trabajar, su inexperiencia, su energía y su capacidad de aprender que las lleva a caer más fácilmente en la precarización laboral. Esto se acentúa aún más en el caso de las mujeres jóvenes venezolanas que llegan al país sin papeles para acceder a un trabajo digno. Para Mislena, de la Fundación Moiras, ser venezolana y mujer le ha significado trabas a la hora de acceder a cualquier trabajo y dificultad para conseguir una buena remuneración económica pues “solo con ser venezolano, ya te quieren pagar menos”. Esta situación, según Mislena, es aún más compleja en Cúcuta, la ciudad en la que vive, por la alta concentración de migrantes.

Para las mujeres trans y cisgénero trabajadoras sexuales la situación durante la pandemia también ha sido complicada. Según Shaira, de la organización Armario Abierto de Manizales, ella y algunas de sus compañeras tuvieron que pasar de trabajar en las calles a trabajar desde su casa en estudios webcam. Esto no solo generó retos por la inexperiencia de muchas en el manejo de computación, sino que dificultó la ganancia de dinero por la competencia dentro de estos estudios. Sumado a eso, las mujeres trabajadoras sexuales tuvieron que vivir el aumento de la violencia policial y el estigma de que eran “propagadoras del virus”. Aunque ya muchas pudieron salir a las calles, falta aún mucha consciencia de la importancia de garantizar condiciones dignas antes y después de la pandemia para su trabajo, pues como dice Shaira: “son humanamente guapas”.

Frente a este panorama tan difícil, aún hay luces de esperanza. Según Sara, a pesar de las dificultades, la pandemia hizo que muchas mujeres jóvenes empezaran a organizarse políticamente, creando colectivas y llevando acciones políticas conjuntas. Algo similar sucedió en Buenaventura, donde según Eliany, las mujeres empezaron emprendimientos no solo para generar recursos económicos, sino para cultivar nuevas habilidades, que les permitan acceder a otras oportunidades laborales. Estas iniciativas son finalmente una apuesta por una posibilidad real de sostenimiento, por encima del sistema laboral desigual y machista.

Para Sara, trabajadora social perteneciente a la Batucada Estallido Feminista, el cambio debe ser social, transformando las dinámicas laborales explotadoras y coercitivas actuales en un espacio de libertad donde las mujeres no solo tengan acceso a un trabajo digno que les permita tener una vida tranquila, sino que ese trabajo les permita desarrollar sus identidades políticas y sexuales y donde puedan vivir con plenitud, con derecho al descanso y al ocio.

Este #8M nos unimos por el reconocimiento del trabajo de las mujeres en el mundo como un pilar fundamental para el sostenimiento de la vida y la exigencia de un pacto social y político para que el trabajo deje de ser un espacio de exclusión, violencia y desigualdad y pase a convertirse en un espacio de libertad, que respete y defienda la diversidad de las mujeres y nos permita desarrollar nuestros proyectos de vida en condiciones dignas.